Juguetes rotos
ALFONSO ARRIBAS
Brevísimo montaje, al parecer una versión acortada del espectáculo original, el que han escenificado los belgas Mireille & Mathieu este año. Una obra sorprendente, gamberra, de apenas media hora de duración y nada complaciente, que literalmente no deja títere con cabeza.
El título de la crítica no hace alusión a ningún sentido metafórico, sino al estricto. Y es que esta pareja de cómicos utiliza algunos de los candorosos juguetes que nos entretienen en la infancia para contar historias canallas, utilizando sus inocentes manufacturas en armas cargadas de sarcasmo y violencia, eso sí, nada ofensiva. Raro es que estas marionetas salidas de una cadena de montaje acaben con todos sus miembros intactos y en su sitio.
Sobre las tablas están esparcidos objetos de todo pelaje, muñecas, peluches, figuritas esperpénticas, una torre de maletas y hasta un cartel anunciador de una corrida de toros. Todo muy kitsch, en completo desorden, lo que anuncia la anarquía con la que se desarrollará todo el montaje.
Barbie y Kent ejecutan una versión libre del mito de Adán y Eva, con un café en el centro de la discordia en vez de la clásica manzana. El pobre hombre, pretencioso y torpe, acaba clavado en una cruz que sobrevuela el escenario a propulsión. Es sólo uno de los números, el de presentación, pero puede dar una idea del tono general, surrealista, disipado y provocador.
El público asiste a la oferta con cierto gesto de pasmo, que a veces termina sucumbiendo a la perplejidad y otras se torna en satisfacción. La risa, si se le deja salir, está asegurada, porque las situaciones que retrata son extrañas pero divertidas. Esa cuna convertida en ring de boxeo donde se despellejan dos muñecos en estilo libre, o esos conejitos que incordian al gnomo del jardín, tan rebuscadamente hortera.
Y un guiño final a los símbolos patrios, con una bailaora de flamenco que luce su prodigioso zapateado sobre el cuerpo de un torero muleta en mano. Si no lo mata el toro lo asesina la folclórica, un mártir de la tradición en todo caso.
Los dos actores se mueven con soltura en este desorden, facilitando el caos y fomentando el desconcierto. Son como dos niños a los que nadie ha atenuado su natural salvajismo, y con esa tierna brutalidad dan vida a su mundo, aunque sea de forma feroz.