Despiadado y delicado
ALFONSO ARRIBAS | SEGOVIA
Los Hermanos Forman son artistas en el sentido más complejo y honorable del término, son creadores al servicio del público, al que respetan y asombran. Tienen una capacidad desbordante para generar atmósferas únicas, concibiendo la obra teatral como un todo inseparable, desde el texto a la escenografía, desde el propio espacio a la dramaturgia.
Quienes vieron La Barraca en la edición de 2007 saben que entregarse a los Forman es acceder a un universo diferente, desde que se aguarda la entrada hasta que se acaba el espectáculo. Todo ocurre dentro, como si en lugar de a un recinto dramático el espectador se incorporara a un vehículo preparado para viajar en el tiempo y transformar la realidad en un paisaje onírico.
Obludarium, la nueva propuesta de los checos, incide en esa estética de los sueños que a veces son pesadillas y otras plácidas alegorías. El desfile de criaturas extrañas da cuerpo al montaje, que a partir de ahí se desparrama en cuadros y escenas visualmente impactantes y filosóficamente inquietantes.
Seres varados, pasmados, peludos, desbocados. Un circo de singularidades y un museo de los horrores profundamente humano a pesar de las apariencias. El público, apostado en el interior de esta carpa de dos pisos, mitad circo mitad teatro, asiste a la propuesta con gesto de incredulidad y gozo, recibiendo estímulos a un ritmo vertiginoso, casi sin tiempo de saborear los numerosos momentos brillantes que depara la oferta.
Obludarium se vive, no se ve, y constituye una experiencia teatral y e iniciática difícilmente olvidable. Hay mucho oficio del bueno en el levantamiento de este ingenio artístico, y una inteligencia incuestionable. También hay actores y actrices comprometidos con el proyecto hasta el punto de la plena identificación, profesionales que no son sólo intérpretes, sino también acróbatas, músicos, tenores, bailarines, mimos. Y una exhibición técnica que posibilita, jugando con la luz y con el sonido (incluida la música en directo), el dibujo perfecto de este cabaret de angustias y alegrías. Más que empatía, Obludarium provoca mimetismo. Los 150 espectadores que abarrotan la carpa terminan empadronados en este universo peculiar, forman parte de él y se proclaman sus embajadores. Hay algo que engancha, que atrapa sin remedio. Es una genialidad repleta de creatividad, un lado oscuro muy atractivo.
Monstruos que son bellos, forzudos que se deshacen en amores sobrehumanos, antihéroes con o sin máscara que habitan en la imaginación. Continuos disparos al centro de la emoción, sin piedad pero con toda la delicadeza.
Si Titirimundi sigue propiciando oportunidades como ésta, no hay nada que temer. El Festival podrá seguir presumiendo de salud sin achaques, y siempre habrá una legión de incondicionales que garanticen, o exijan, su continuidad.